11.2.16

¡QUE VIENE EL HOMBRE DEL SACO!


En 1999 salió a la luz, tras las fechas navideñas, una curiosa colección dedicada a cuentos de origen español, elemento esencial -a veces relegado al olvido- del folclore nacional. Muchos de ellos, como el que ocupa esta entrada, posee un título bien conocido por todos, si bien su nudo no lo es del todo, ya que suele confundirse con leyendas y habladurías que dio lugar precisamente este cuento. Hablo del hombre del saco, historia de autor anónimo, que de haber vaticinado la popularidad de su obra, bien se habría preocupado en intentar publicarlo de algún modo.


Había un matrimonio que tenía tres hijas y como las tres eran buenas y trabajadoras les regalaron un anillo de oro a cada una para que lo lucieran como una prenda. Y un buen día, las tres hermanas se reunieron con sus amigas y, pensando qué hacer, se dijeron unas a otras:



-Pues hoy vamos a ir a la fuente.
Que era una fuente que quedaba a las afueras del pueblo. Entonces la más pequeña de las hermanas, que era cojita, le preguntó a su madre si podía ir a la fuente con las demás; y le dijo la madre:



-No, hija mía, no vaya a ser que venga el hombre del saco y, como eres cojita, te alcance y te agarre.
Pero la niña insistió tanto que al fin su madre le dijo:



-Bueno, pues anda, vete con ellas.
Y allá se fueron todas. La cojita llevó además un cesto de ropa para lavar y al ponerse a lavar se quitó el anillo y lo dejó en una piedra. En esto, que estaban alegremente jugando en torno a la fuente cuando, de pronto, vieron venir al hombre del saco y se dijeron unas a otras:



-Corramos, por Dios, que ahí viene el hombre del saco para llevarnos a todas -y salieron corriendo a todo correr.
La cojita también corría con ellas, pero como era cojita se fue retrasando; y todavía corría para alcanzarlas cuando se acordó de que había dejado su anillo en la fuente. Entonces miró para atrás y, como no veía al hombre del saco, volvió a recuperar su anillo; buscó la piedra, pero el anillo ya no estaba en ella y empezó a mirar por aquí y por allá para ver si había caído en alguna parte.
Entonces apareció junto a la fuente un viejo que no había visto nunca antes y le dijo la cojita:



-¿Ha visto usted por aquí un anillo de oro?
Y el viejo le contestó:



-Sí, que en el fondo de este costal está y ahí lo has de encontrar.
Conque la cojita se metió en el costal a buscarlo sin sospechar nada y el viejo, que era el hombre del saco, en cuanto ella se metió dentro cerró el costal, se lo echó a las espaldas con la niña guardada y se marchó camino adelante, pero en vez de ir hacia el pueblo de la niña, tomó otro camino y se marchó a un pueblo distinto. E iba el viejo de lugar en lugar buscándose la vida, así que por el camino le dijo a la niña:



-Cuando yo te diga: "Canta, saco, o te doy un sopapo", tienes que cantar dentro del saco.
Ella aceptó hacerlo así y fueron de pueblo en pueblo y allí donde iban el viejo reunía a los vecinos y decía:
-Canta, saco, o te doy un sopapo.
Y la niña cantaba desde el saco:

Por un anillo de oro

que en la fuente me dejé

estoy metida en el saco
y en el saco moriré.


Y el saco que cantaba era la admiración de la gente y le echaban monedas o le daban comida. En esto que el viejo llegó con su carga a una casa donde era conocida la niña y él no lo sabía; y, como de costumbre, posó el saco en el suelo delante de la concurrencia y dijo:

-Canta, saco, o te doy un sopapo.
Y la niña cantó:

Por un anillo de oro

que en la fuente me dejé

estoy metida en el saco
y en el saco moriré.
Así que oyeron en la casa la voz de la niña, corrieron a llamar a sus hermanas y éstas vinieron y conocieron la voz y entonces le dijeron al viejo que ellas le daban posada aquella noche en la casa de sus padres; y el viejo, pensando en cenar de balde y dormir en cama, se fue con ellas.
Conque llegó el viejo a la casa y le pusieron la cena, pero no había vino en la casa y le dijeron al viejo:



-Ahí al lado hay una taberna donde venden buen vino; si usted nos hace el favor, vaya a comprar el vino con este dinero que le damos mientras terminamos de preparar la cena. Y el viejo, que vio las monedas, se apresuró a ir por el vino pensando en la buena limosna que recibiría.
Cuando el viejo se fue, los padres sacaron a la niña del saco, que les contó todo lo que le había sucedido, y luego la guardaron en la habitación de las hermanas para que el viejo no la viera. Y, después, cogieron un perro y un gato y los metieron en el saco en lugar de la niña.



Al poco rato volvió el viejo, que comió y bebió y después se acostó. Al día siguiente el viejo se levantó, tomó su limosna y salió camino de otro pueblo. Cuando llegó al otro pueblo, reunió a la gente y anunció como de costumbre que llevaba consigo un saco que cantaba y, lo mismo que otras voces, se formó un corro de gente y recogió unas monedas, y luego dijo:

-Canta, saco, o te doy un sopapo.

Mas hete aquí que el saco no cantaba y el viejo insistió:
-Canta, saco, o te doy un sopapo.
Y el saco seguía sin cantar y ya la gente empezaba a reírse de él y también a amenazarle. Por tercera vez insistió el viejo, que ya estaba más que escamado y pensando hacer un buen escarmiento con la cojita si ésta no abría la boca:



-¡Canta, saco, o te doy un sopapo!
Y el saco no cantó.
Así que el viejo, furioso, la emprendió a golpes y patadas con el saco para que cantase, pero sucedió que, al sentir los golpes, el gato y el perro se enfurecieron, maullando y ladrando, y el viejo abrió el saco para ver qué era lo que pasaba y entonces el perro y el gato saltaron fuera del saco. Y el perro le dio un mordisco en las narices que se las arrancó y el gato le llenó la cara de arañazos y la gente del pueblo, pensando que se había querido burlar de ellos, le midieron las costillas con palos y varas y salió tan magullado que todavía hoy landan curando.



Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario